Prostitutas callejeras libros sobre prostitutas

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Es el fragmento que da título al primer libro de la popular reportera televisiva Samanta Villar. De ahí que vertebre su libro en siete historias, de las cuales una de las protagonistas es víctima de trata. Pues los testimonios muestran que no hay dos historias iguales ni dos formas idénticas de vivir este oficio.

Algunas defienden su trabajo con orgullo; otras se sienten atrapadas en él. A la autora le interesa señalar las estrategias de las trabajadoras del sexo: Y lo hace muy bien. En primer lugar, porque le dedica horas, porque es capaz de ir cada día al bar Alegría, en El Raval, hasta que consigue ganarse la confianza de La Maña, que sigue ofreciendo sexo de pago a sus 74 años.

Y, de todo lo que le contaron, la frase que se le quedó grabada cual mantra, la que repite cuando la entrevistan en los medios, la pronunció Montse: A la autora también le interesa señalar las estrategias de las trabajadoras del sexo: Si me saca de mis casillas, soy capaz de tirarle un vaso a la cara.

La lectora feminista se puede sentir decepcionada por la escasa crítica al modelo de sexualidad patriarcal. Villar se ciñe al esquema de hombres discapacitados demandando asistentes sexuales mujeres o al de maridos cuya voracidad sexual se ve frustrada por la falta de libido de sus esposas. Curiosamente, y en esto tampoco se detiene la autora, las protagonistas del libro apenas hablan de su propio placer.

La adoptó su abuela de 80 años, pero no tardó en engancharse ella también y ejercía la prostitución desde los 19 años. El testimonio de Brenda no tarda en aparecer.

Es la protagonista del reportaje, pero no es una periodista estrella ni nada semejante. No hay moralismos tan en boca en estos tiempos de neo-catequesis. Su propia historia no difiere de la de estas chicas. Empezó a prostituirse de niña.

Su abuela le exigía que trajera dinero a casa. Estuvo veinticinco años haciendo la calle. En todo ese tiempo fue maltratada, acuchillada, hasta estuvo a punto de quedar desfigurada en una ocasión y solo rezaba para poder recuperar su rostro.

Los casos de maltrato son escalofriantes. Otra chica cuenta que le dieron una paliza, y cuando acabaron, la metieron en un coche para que le hiciera sexo oral al agresor.

Como tenía la mandíbula dislocada por los golpes, no podía hacérselo bien, así que se llevó otra paliza. La paradoja es que esta mujer habla con un mono naranja y en el aula de una prisión. Al final en toda esta historia ella es la delincuente a la que hay que encerrar, pero si se encuentra en esos lugares y en esa situación, subraya Brenda, es porque tiene que sobrevivir.

La mentalidad puritana que inspira la legislación en Estados Unidos y en nuestros países castiga a las víctimas en estas situaciones, casi siempre asociadas a la pobreza y el desamparo. Si son drogadictas, son dos veces víctimas. Lo tremendo es que las propias alumnas cuentan cómo han sufrido abusos con 14 o 15 años. A veces de sus familiares, a veces de amigos.

Muchas niñas empiezan a alternar con hombres de cincuenta años que las colman de caprichos y, en cuanto las tienen sorbido el cerebro y alejadas de sus familias, las obligan a hacer la calle a base de palizas.

Un ex proxeneta completa este tipo de cursos. El crío murió a los pocos meses en sus brazos. Pues admite que fue la influencia que tuvo en su propia casa. Confiesa que le pareció normal pegar a las mujeres y que siguieran ahí, calladas. Con 17 años ya tenía sus primeras chicas.

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